La palabra comunidad guarda relación directa
con la idea de tener algo en común, se trata de varias personas con algo que
los reúne, ya que el patrimonio geográfico está formado por los espacios
ocupados por el hombre, lo que constituye su territorio propio, llámese calle,
avenida, vereda, callejón o esquina, y es también memoria colectiva porque los
abuelos, padres y vecinos transmiten de manera oral o a través de fotografías
sus vivencias y apego por sus espacios.
La crónica que a continuación relato, se ubica
geográficamente en la comunidad de Turmero Norte, en el municipio Santiago
Mariño en el Estado Aragua, la cual forma parte de la comuna Pueblo Nuevo. Es
importante destacar que todas las calles del municipio tienen como epónimos a ilustres próceres de
nuestra gesta emancipadora.
Y es así como la calle “Mellao” como todos
la llaman y objeto de una de mis investigaciones, me llevó a preguntar a los
vecinos: Wilfredo Monasterio, William Duarte, Elsy Prieto, Isabel Pulido, César
Saavedra, Joaquín De Arruda, yohan Sandoval, José Manuel Carbonell, María
Morales, Katherine Rojas, Mary Rojas y Haydee Roche, la mayoría con más de 40
años viviendo en el sector, por el nombre del epónimo del ilustre personaje, cuyo
nombre ostentaba la calle, ya que yo lo ignoraba. A lo que muchos dudaron
porque no estaban seguros, unos me decían, creo que Manuel, otros, dicen que
Samuel y otros que Francisco, de la misma
manera, había una confusión con la veracidad de su apellido, “Mellao” o “Mellado”
Así que inicié mi propia investigación en textos de historia, pero no
encontraba ninguna información, acudí a las fuentes de internet y sorpresa, me
enteré que este prócer se llamaba Samuel Mellado, pero antes de continuar con
mi relato, les cuento que me entrevisté con el cronista de Turmero, el señor
José Torres, ya que había una disparidad entre el nombre de la calle “Mellao” y
el apellido del prócer, Mellado, y fue así como el señor Torres despejó mi
incógnita, al afirmar de manera categórica y a través de fuentes
bibliográficas, que el apellido del prócer en cuestión era Mellado y no
“Mellao” y que la gente del sector y los habitantes de la calle, por uso y
costumbre la llamaron “Mellao” y así quedó registrada en los croquis, mapas del
municipio y la placa que identifica la calle. Otra contradicción que me
encontré al recorrer la calle, es la disparidad que existe entre su
denominación y la realidad física, es decir, existen dos placas en el mismo
sitio: una dice en su nomenclatura: “Avenida Mellao” (una avenida es una calle
amplia con tráfico vehicular en ambos
sentidos, y ésta no cumplía con esa denominación) y la otra, una placa con el nombre de “Calle
Mellao”
Pero este relato no concluye aquí, porque la
calle “Mellao” tiene otra historia,
celosamente guardada, una historia no oficial, pero si popular y que está ligada
a la acción y al sentir de la comunidad y que incide en el anecdotario y el
desarrollo de la cultura local, ya que la cultura no es un simple saber
enciclopédico o humanístico, sino que abarca todos los ámbitos de la vida, por
eso, la calle “Mellao” tiene otro nombre muy arraigado en el imaginario popular
y que muy pocos conocen “El Callejón de los burros”.
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Vista de la cuadra al final de la calle Mellao |
Según el cronista de Turmero, señor José Torres y reafirmado por la profesora Olga Guzmán, hija del cronista de Turmero Don Ciro Guzmán (F), nos ubicaríamos históricamente en el último mandato de Juan Vicente Gómez. Entre 1922-1929, en donde se dio un importante intercambio comercial entre los habitantes del sector de Turmero llamado la Aduana y los agricultores de la zona agraria llamada las Trojas, quienes traían sus productos en burros, en una larga travesía desde ese sector hasta el centro de acopio, la bodega del señor Julio Morillo, tío de Ciro Guzmán y ubicada en la calle “Mellao” cruce con la calle Ricaurte. Según relata Olga Guzmán, en una acera, más alta que lo normal, afuera de la bodega, habían dos enormes argollas en donde amarraban los burros.
La algarabía de los vecinos no se hacía
esperar cuando los mansos animales de carga asomaban sus enormes cabezas de
puntiagudas orejas por la entrada de la calle Bermudez para entrar a la calle
“Mellao” con sus alforjas cargadas de hortalizas, café, maíz, caraotas, cacao. . . como unas
cornucopias, símbolo de la abundancia y la buena fortuna, las cuales
descargaban en la bodega del señor Morillo, quien aprovechaba también para
intercambiar sus productos con los agricultores (sardinas, azúcar, papelón,
sal) cabe destacar que este emblemático bodeguero tuvo uno de los primeros
teléfonos del sector, el N° 5.
Los estigmatizados equinos dejaban de ser iconos de brutalidad e ignorancia, ya que los egipcios representaban a la ignorancia con una cabeza de burro y los romanos consideraban que encontrarse con un burro era de mal presagio, pero los niños y adultos de esa época se asomaban con curiosidad y beneplácito para recibir a estos nobles equinos.
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Arriero Antioqueño de Khastuso Chopena (Imagen ilustrativa) |
Sus pesados cuerpos se mecían mansamente por
la estrecha callejuela, mientras el sol avivaba sus pelambres de distintos
tonos grises, blancos y negros. Los rodeaban amablemente acariciando sus orejas
y sus lomos, y no faltaba el comentario de algún lugareño, versado en la
crianza o cuido de estos animales decir: “Esos animales viven más que un
caballo porque hay unos que viven casi cuarenta años” despertando la admiración
y el asombro por estos ancestrales ejemplares originarios de África.
Y es así como la memoria individual se alimenta de la memoria histórica y de la
memoria colectiva, y a través de ellas las comunidades muestran sus modos de
pensar, sentir y actuar, por eso, la calle “Mellao” como todos la nombran
cuenta dos historias, una oficial y otra anecdótica producto del ideario común..